La leyenda del caballero caído

La leyenda del caballero caído nos cuenta la historia de Nalvia y sus tratos con un misterioso caballero. El precio a pagar no se lo espera.
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José Luis Díaz Aráez

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La leyenda

Todo el mundo conoce la antigua leyenda del caballero caído. Dice su historia que, tiempo ha, un avezado caballero partió con ánimo de ensalzar el honor de su bienamada.

A lomos de su corcel recorrió yermos y pantanos, desde las frías costas del norte hasta las más oscuros agujeros abiertos en la escarpada roca. Combatió contra saqueadores de caminos, abatió feroces bestias y resolvió entuertos en decenas de poblados, todo ello en nombre de su dama.

Los días pasaron y, al cabo de un año, retornó a su reino, donde habría de reencontrar a su amor verdadero. Pero, al llegar al hogar, encontró que otro había ocupado su lugar y que su señora se había desposado con el hijo de un duque.

Enloquecido por la ira, dio muerte a los dos en el lecho y huyó de la región. Abatido por la pena y el deshonor, se internó en lo más profundo de un frondoso bosque y, allí, cubrió su armadura en aceite y se prendió fuego, con la esperanza de que su muerte lo expiase de sus pecados. Envuelto en llamas, vagó entre los árboles, hasta que el fuego lo consumió.

Nadie volvió a ver al caballero, pero dicen las gentes que su espíritu permanece encerrado en su armadura, a la espera de que una doncella reclame su amor jamás correspondido y acepte los dones que este le pueda ofrecer.

Nalvia

Esta y muchas otras historias había escuchado Nalvia, la joven hija del molinero. De espíritu soñador, la muchacha adoraba aquellos viejos cuentos de caballeros andantes y princesas, ansiando desde lo más profundo de su corazón encontrar a uno de aquellos gentiles señores que la rescatase de la anodina y esforzada vida en el molino.

A menudo su padre la reprendía, instándole a mantener los pies en el suelo, pues hacía ya mucho tiempo que los caballeros de lanza y escudo habían abandonado los caminos y, aunque no fuese el caso, jamás ninguno se habría fijado en la humilde y no demasiado agraciada hija de un molinero.

Ella suspiraba, dolida, pues sabía que aquella dura vida era lo único que tendría hasta el fin de sus días, y lamentaba su suerte durante las largas noches mientras trataba de ignorar el dolor de sus maltratadas manos.

¿Qué caballero querría besar los callosos dedos de la hija de un molinero?

El caballero caído

Con la llegada del invierno, Nalvia comenzó a frecuentar más el bosque cercano, recogiendo leña para el hogar. Los días se volvían cada vez más cortos y la penumbra cubría los campos con mayor celeridad hasta que, una ventosa tarde de Enero, la noche la atrapó entre la fronda antes de que pudiese regresar a casa.

Asustada, la hija del molinero deambuló sin rumbo fijo, acompañada de la trémula luz que danzaba en el extremo de su antorcha al son de las corrientes invernales. A sus ojos, las sombras que proyectaba el fuego convertían las retorcidas ramas en brazos esqueléticos que trataban de alcanzarla y cada agujero entre los matorrales albergaba el brillo de unos ojos monstruosos.

Por fin, una luz pareció responder a la llamada de su antorcha. Esperanzada, corrió en aquella dirección, y cuál no sería su sorpresa al descubrir en mitad de un claro a otra alma perdida.

Se trataba de un caballero cuya armadura reflejaba los anaranjados destellos de su antorcha. Todo su cuerpo estaba cubierto por el metal, maltratado en gran medida por las llamas. Nerviosa, Nalvia llamó al desventurado caballero, idéntico al de sus adoradas historias, mas no obtuvo respuesta. Caminó a su alrededor, estudiándolo con detenimiento. No albergaba dudas. Yacía en mitad del claro con una rodilla hincada en el suelo, su brazo descansando sobre la otra y la cabeza inclinada, envuelto de pies a cabeza por una armadura chamuscada. Era el caballero caído de la leyenda.

Emocionada, la muchacha deseó descubrir su aspecto, pero no se atrevió a levantar la visera de su yelmo. Aterida por el frío, cayó a los pies del caballero, con un quedo murmullo susurró una plegaria:

Oh, gentil caballero, solo soy una humilde hija de molinero, pero yo os suplico que veléis por mí en esta fría noche. No permitáis que me lleve consigo el gélido mordisco del invierno.

Con estas palabras la muchacha se desvaneció. Aquella noche, la armadura abandonada en el bosque resplandeció como si estuviese bañada por las llamas. Con la llegada del alba, Nalvia despertó y supo que había sido salvada. Agradecida, se quitó el pañuelo que cubría su cabeza y lo dejó a los pies de la armadura como prenda.

El caballo

Así, con la guía de la luz diurna, retornó al viejo molino de su padre, quien la recibió entre sollozos de alegría. Los días siguientes la muchacha prosiguió con sus labores habituales, mas no podía olvidar el secreto que había dejado allá en lo más profundo del bosque.

En lo más hondo de su corazón, sabía que la leyenda era cierta y que la gracia del caballero había velado por su vida. Por ello, cuando el frío recrudeció y la vieja yegua con que su padre viajaba hasta la aldea murió, supo que no lograrían viajar en busca de víveres sin ayuda. Por ello, cuando su padre estaba ocupado con la colecta del grano, se escabulló hacia el bosque, al que le habían prohibido regresar mientras durase el invierno, y buscó al antiguo caballero.

No tardó en encontrar la armadura en su lugar de reposo y, depositando a sus pies una hogaza de pan recién horneada como ofrenda, se arrodilló e imploró:

Gentil caballero, acudo a vos de nuevo en horas bajas. La vieja yegua de mi padre ha muerto y sin ella, no podemos acudir a la aldea en busca de alimento para pasar el invierno. Ayudadnos, os lo ruego.

Así, regresó al molino, con la esperanza de que su plegaria hubiese sido escuchada. No sería hasta la mañana siguiente que esta sería contestada. Para sorpresa de su padre y de ella misma, un esbelto caballo aguardaba en el establo. De patas poderosas y espalda recia, el animal parecía proceder de las llanuras y, sin embargo, se mostró dócil y obediente cuando su padre lo unció para atarlo a la carreta.

El molinero no cabía en sí de asombro y dicha, mas no cuestionó aquel milagro y tampoco Nalvia dijo nada. Ella sabía bien quién era su benefactor.

El terrateniente

Los meses pasaron y la primavera desterró los hielos del camino. Con ello llegó al molino un nuevo contratiempo, pues el avariento señor de aquellas tierras se presentó en el molino demandando un pago mayor por la hacienda, pues la dureza del invierno había impedido aquel año mantener los pagos acordados.

Por más que el molinero le pidió más tiempo, el terrateniente se marchó solicitando un pago imposible bajo amenaza de expropiación. Desesperada, Nalvia corrió a lo más profundo del bosque y, tomando un mechón de su cabello, lo anudó y dejó a los pies del caballero caído.

¡Oh, mi gentil caballero!, socorrednos a mi padre y a mí una vez más. Un despiadado hombre, señor de estas tierras, pretende despojarnos de lo poco que tenemos, reclamando un injusto pago que hacer frente no podemos. Os lo imploro, dad escarmiento a tan cruel bellaco, no dejéis que nos abandone a nuestra suerte.

La muchacha regresó al hogar, aquejada por la duda y la desazón. Varios días pasarían hasta que su padre regresase del poblado con perturbadoras nuevas. Aparentemente, un desconocido encapuchado había llegado unas noches atrás a la aldea y, por motivo desconocido, había ofendido el honor del cruel terrateniente. Así, ambos pactaron un duelo al anochecer y, aquella misma mañana, la mujer del tabernero encontró el cuerpo del señor de aquellas tierras colgado de una pierna en las caballerizas, con el vientre rajado y las entrañas esparcidas por el suelo.

Nalvia escuchó la noticia con pavor, pero en su fuero interno sintió un arrebato de satisfacción y deseo, pues supo que podría obtener cuanto quisiera mientras conservase el favor de su caballero.

La última prenda

Llegó el verano y las visitas de la muchacha al bosque se volvieron cada vez más frecuentes. Llevaba al claro todo tipo de prendas; Sencillas urdimbres, coronas de flores, fruta madura e, incluso, cuencos de vino y miel.

Nalvia se volvía cada vez más distraída, desatendía sus tareas y sus sueños de una vida mejor se volvían cada vez más acuciantes. Frustrado con la descuidada actitud de su hija, el molinero la reprendió, encomendándola a recobrar el sentido común, pero ella replicó, furiosa y, despechada, huyó al bosque. Allí, a los pies del caballero, tomó la flor de un rosal cercano y la depositó a sus pies, salpicada con la sangre que brotó de su mano al pincharse con sus espinas.

¡Mi amado caballero! —rogó ofendida— Durante años he vivido adolecida por la vida de campesina, como hija de un molinero. ¡No deseo más esta vida!, libradme de ella y en prenda os entrego mi amor eterno.

Con estas palabras, se puso en pie y se atrevió incluso a besar el yelmo de su benefactor. Con ello, abandonó el bosque con paso lento, aquejada por tan aciagos pensamientos. Llegando al lindero del bosque, advirtió un brillo en la distancia. Desesperada, descubrió que el molino estaba envuelto en llamas. Corrió cuanto pudo, buscando a su padre. El molino rugía con la furia del infierno y, por más que buscó, no pudo encontrarlo.

El humo se volvía cada vez más denso, no tenía mucho tiempo. Nalvia trató de regresar al exterior, huyendo del fuego, pero había alguien esperando en la entrada. Aterrada, contempló los destellos que refulgían sobre la armadura chamuscada del caballero. Con pasos lentos, avanzó entre el fuego.

Un alarido murió en la garganta de la muchacha cuando se retiró la visera. Bajo el yelmo descubrió la oscuridad de dos huecos en lugar de ojos, hueso calcinado y restos de carne carbonizada.

El caballero caído le ofreció una sonrisa cadavérica mientras avanzaba hacia ella, pues había acudido a reclamar el amor eterno que le había dado en prenda la hija del molinero.

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De apasionado de los dinosauros, pasando por docente del mundo natural, a narrador de lo sobrenatural. Ahora embarcado en una gran aventura que alcanza más allá de las fronteras de lo conocido con la saga de El Arca de la Existencia.

Créditos de las imágenes
  • Caballero caído | Awenyr Luna | CC BY 4.0 | Incliye imagen de Canva Pro
  • La leyenda del caballero caído | Awenyr Luna | CC BY 4.0

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