La niña de los zapatos azules

La niña de los zapatos azules es un relato sobre la importancia de un pequeño gesto para marcar la diferencia
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Sus ojos marrones eran fríos y tristes pese a su corta edad, sin embargo brillaban tenuemente cuando pasaba delante de aquel escaparate de zapatos.

—No —le dijo la mujer que iba con ella a la vez que le propinaba un pequeño
empujón.

Arrastró los pies mientras la asía con fuerza por la muñeca. Miró sus zapatos grises, desgastados y llenos de polvo. Cómo le gustaría lucir aquellos zapatos azules.

Nada más entrar en casa se tapó los oídos con las manos, pues se oían gritos en la habitación de al lado. Tarareó una canción para mitigar aquellos sonidos que también la desgarraban por dentro. La mujer ordenó que dejase de cantar y dio un portazo tras de sí. La había dejado fuera de casa, en el umbral, donde el pasillo húmedo del edificio le calaba los huesos.

Al final del pasillo había un hombre que fumaba un cigarrillo. Se acercó a ella con pasos lentos.

—Hace frío aquí afuera, ¿te has olvidado las llaves?

Su voz era grave, rasgaba el aire. Sintió el hedor del cigarrillo antes que nada, luego lo contempló con curiosidad y desconfianza. No le respondió, no debía hablar con desconocidos, aunque viviese con personas que podían catalogarse de la misma manera.

El hombre se sentó a su lado con un ligero esfuerzo. Rozaba la cuarentena y era extranjero. A esa distancia también él pudo sentir los gritos que había en el interior de aquella casa. Miró a la niña de forma indescifrable, luego rebuscó en su bolsillo.

—¿Quieres? —Le tendió un caramelo.
—¿Qué le haces a la niña? —profirió la mujer cuando abrió la puerta. El hombre se
levantó alarmado.
—Nada, señora, solo hablar.
—¿De qué tiene que hablar un hombre con una niña? Malditos extranjeros —agregó
mientras obligaba a levantarse a la pequeña y la introducía en la casa de un empujón.

Cerró la puerta con un golpe seco.

El hombre se quedó de pie, contemplando la puerta con el caramelo aún en sus manos. Lo dejó en el suelo, a un lado, y se fue. Entró en su piso, agradeció que estuviese la comida hecha. Saludó a su compañero, extranjero igual que él. Miró la fotografía que había en la repisa; una niña de mirada alegre sonreía.

La echaba de menos, pero no volvería a verla.

El hombre estaba limpiando el cristal del escaparate cuando sintió como si lo estuviesen vigilando. Al darse la vuelta vio a su vecina, la niña de ojos marrones y mirada triste. No lo miraba a él, sino al par de zapatos azules que estaban al otro lado. Cuando sus ojos se cruzaron, ella salió corriendo dejando caer de su bolsillo el envoltorio de un caramelo.

La contempló con nostalgia al verla marchar. Debía de tener la misma edad que su hija cuando ella… Deshizo aquel recuerdo de su mente y siguió limpiando los cristales, pero esta vez sin dejar de mirar aquellos zapatos azules que tenía delante de sí.

Volvía sola del colegio. Quizás aún no fuese lo bastante mayor para volver sin un adulto a casa, pero sí lo suficiente para que no le dijesen nada debido a la cercanía del domicilio con el colegio y a una autorización que parecía arreglarlo todo. Suspiró al recordar que debería calentarse la comida en el microondas, otra vez.

Espera.

La niña se giró y contempló a su vecino extranjero con un paquete envuelto en papel de regalo amarillo. Aquel color casi la deslumbra. Él le tendió el paquete antes de que tuviese la tentación de echar a correr otra vez. Ella se señaló y el hombre sonrió mientras asentía.

Cuando abrió el paquete y contempló aquellos zapatos azules sintió demasiadas cosas a la vez para poder asumirlas de golpe. Algunas de aquellas emociones ni siquiera las había experimentado antes.

¿Por qué? inquirió con cierta desconfianza. Su voz era calmada, suave, infantil pero con cierta madurez pese a ello.
Creí que te haría feliz.

¿A cambio de?

No podía creerse que tuviese en sus manos aquellos zapatos, casi le daban ganas de llorar, pero también sabía que aquel era un hombre desconocido. Su propia familia no la trataba demasiado bien. ¿Qué podía esperar de alguien que no conocía?

—De tu sonrisa —respondió a su vez—, y a cambio de que no dejes que nadie te haga sentir mal. Ya eres perfecta siendo como eres. Quizás ahora no lo entiendas, pero no lo olvides.

Le removió los cabellos y se fue. Aquel sería el último día que volvería a verlo. Unos adultos de uniforme entraron a la mañana siguiente en aquel piso y lo sacaron a la fuerza. Su madre habló de ilegalidad y deportación, palabras que no entendería hasta bastante tiempo después.

No lo entiendole dijo su compañero de gafas mientras señalaba su mochila entreabierta con la mano, la mayoría llevamos fotos como recuerdo, pero tú esos viejos zapatos azules.

La mujer de ojos marrones elevó la comisura de sus labios a modo de sutil sonrisa mientras cerraba la mochila, después de extraer unos guantes de látex que posteriormente se puso.

Traéis fotografías porque añoráis lo que dejáis en casa. Yo llevo esos zapatos para recordar por qué no debo irme.

El chico la miró sin comprender. Ella sonrió como si guardase un secreto. Le administró una vacuna a una niña extranjera mientras otros médicos y voluntarios entraban o salían de aquella carpa solidaria.

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1 comentario en «La niña de los zapatos azules»

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